Por un gol o el fútbol y yo
Hace un buen tiempo venía pensando escribir sobre fútbol pues es lejos el tema que más ocupa mi agenda diaria. Estoy subscrito a varios blogs sobre el tema, converso de ello todos los días al almuerzo y realizo analogías futboleras en casi todas mis reuniones de trabajo (la llegada de Vidal me hace sentir menos solitario en mi estilo).
El problema radicaba en lo siguiente. Nunca juego fútbol. De hecho, nunca fui bueno jugando fútbol. Mis grandes hazañas en el deporte rey se limitan a ganar la Copa de Inglaterra con el Yoevil, un equipo de tercera división en el FIFA07 y creo que si voy a
hablar algún deporte debo hacerlo desde lo vivencial para no caer en un triste relato sobre la filosofía de un juego... o quizás si.
Mi oficina le ha declarado la guerra (simbólica) a otro departamento de la "secretaría" la cual sólo puede terminar (dado que es simbólica) en una cancha de baby-fútbol. Cuándo me preguntaron si quería jugar, lo pensé dos veces, no juego baby hace mucho tiempo, desde la universidad y si no fuera porque hace unos pocos días jugué una "pichanga" en la calle con unos amigos lo que abrió mi apetito "jurgolero" y que si decía que no, no se podía armar un equipo, dije sí.
El "sí" ese me puso a recordar mis grandes momentos en el fútbol:
Mi participación en el campeonato de sociología como parte de Error Menstrual, el motivo por el cual entre a ese equipo (pegarle una plancha a la "altura de la medallita" a Guille Montt) y el fraudulento sorteo que llevó a que nuestro equipo y el de "ellos" quedaran en el mismo grupo. Además, recordé el tercer lugar en el campeonato de bachillerato junto a mis amigos del Tropikal team, aunque debo reconocer que nunca jugué y que la medalla me la dieron en agradeciemiento por ir a "hacerles el aguante" todos los partidos y porque habían 8 y los chiquillos eran solo 7.
De ahí me fui más atrás, al liceo y como me pasé tres meses jugando casi todos los días y tratando de hacer un gol a pesar del empeño de mi compañero Quique que siempre se los pasaba a todos y me dejaba solo, pero de todas maneras me perdía el gol. Hasta que anoté uno y no pude para de hacerlos, al menos por un par de semanas.
Hasta que en mi memoria llegué a mi más tierna infancia, a mi educación básica. Cuando estaba en quinto básico dejo de hacernos clases de educación física nuestra profesora jefa y nos comenzó a hacer un profesor de la especialidad, el Profe Horta. Hacia el final de su primera clase, nos dijo "formen dos equipos porque van a jugar fútbol".
Los grupos se formaron por afinidad y para cuando terminó la clase y el partido, el resultado era una abultada derrota de mi equipo. misma situación, mismos equipos, mismo resultado. El resultado fue el mismo todos las clases de educación física de cuarto, quinto y sexto año básico. Tres años de larga agonía de derrotas, amplias y otras estrechas, algunas hasta con polémicas, las que por lo general se
resolvieron a combos en el parque que se ubicaba frente al colegio. De vez en cuando se producía una tregua entre nosotros. Los del otro curso nos desafiaban y formábamos un combinado de los dos equipo, con clara predominancia del equipo que ganaba siempre, pero los apoyábamos, eran nuestra selección.
La razón de tanto infortunio futbolístico resultaron ser los integrantes de los grupos. Es que el pasar del tiempo mostró que ya en quinto año operaba la selección natural. Los del otro equipo resultaron ser los winners, de carácter fuerte y que se movían a las minas con y sin botella. El otro, el mio, el de los ñoños, tímidos y a los que nunca invitaron a jugar a la botella y poco éxito tenían sin ella.
El status quo se mantuvo hasta principios del séptimo año cuando, una mañana de marzo, logramos mantener el 0 en nuestra portería hasta el final del partido, lo que sumado al golazo de volea con zurda del "gato" Rodríguez" tras fenomenal pase de 15 metros del "guatón" Moya, nos permitió romper la historia y me entregó la más grande alegría de mi vida dentro de un rectángulo de pasto y tierra.
La historia cambio desde ese día. Comenzamos a alternar victorias con derrotas (la ley de "ultimo gol gana" evitaba empates) y a negociar el traspaso de jugadores luego de cada partido que jugábamos los viernes después de clases, lo que llevó a que los viejos equipos terminaran sólo como un recuerdo lejano. Yo abandoné mi puesto en el mediocam
po de contención para jugar en el centro de la defensa, teniendo como lema "de aquí no pasa ni el jugador ni la pelota". De hecho hasta la relación entre nosotros cambio, nos molestábamos menos, compartíamos más y a las fiestas nos invitaban a todos.
Es que aquel día, en el cuasi potrero que osaban llamaban "Complejo deportivo colegio Santa María", ganamos algo más que un partido, ganamos respeto, que en definitiva es lo que yace detrás del fútbol.
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